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Comedia

No llores por mí, Inglaterra

Por: Laura Ávila

La séptima película de Néstor Montalbano, explora las raíces inefables de la argentinidad.

Buenos Aires, 1806. Manolete se gana la vida organizando luchas clandestinas en la ciudad del puerto. Hace una de más y termina preso en las mazmorras del Cabildo. Su carcelero, funcionario del virrey, se apiada de su destino, pero nadie cuenta con la actividad que sucede en las costas de Quilmes: un grupo de ingleses, encabezados por Beresford, invade la ciudad.

Hasta aquí, No llores por mí Inglaterra, podría pasar por una correcta reconstrucción de época. Si bien la secuencia de la lucha se parece un poco a un set de Titanes en el Ring, el clima de la ficción histórica es verosímil.

Lo bizarro, lo divertido, comienza cuando esa historia se entrelaza con cosas de nuestro presente, cuando se mezcla el fútbol y se lo instala como antecedente  de la Independencia.

Hay filmes como Bastardos sin gloria, en donde la Historia funciona como simple pretexto para tergiversarla sin problemas, como una suerte de recurso narrativo. Algo así es lo que sucede. El guión, del propio Néstor Montalbano y Guillermo Hough (con interesantes aportes de Pedro Saborido), se complace en sembrar guiños de la actualidad, con abusos de poder y presiones de unos gobernantes improvisados hacia un pueblo susceptible a distraerse por boludeces incluidos.

Con ese código establecido, se puede disfrutar sin reservas de un Liniers revolucionario  (cuando en realidad fue el monarquista más acendrado), a los catalanes encabezados por Álzaga compinches con el francés (cuando en la vida real se odiaron), y una épica deportiva que parece nacida con nosotros (aunque, por supuesto, es posterior).

Hay mucha croma, mucho efecto 3D y un resultado muy bueno de todo ese trabajo.

Los actores están todos de diez, encabezados por una convincente labor de Gonzalo Heredia como Manolete y Laura Fidalgo como su elástica novia. Pero lo de Mike Amigorena en el rol de Beresford es increíble. Está en el tono justo, tan cómodo y tan gracioso. Sin él, la película no sería la misma. Mirta Busnelli lo secunda en la misma sintonía, divertida y genial como siempre. Fernando Lúpiz logra el mejor Liniers del cine argentino y el multitudinario elenco se completa con  Esteban Menis, Luciano Cáceres, Damián Dreizik, Matías Martin y Roberto Carnaghi, además de los futbolistas José Chatruc, Fernando Cavenaghi  y Evelina Cabrera.

Para el final, queda Capusotto, el distinto. El Diego de la gente. Su personaje (un DT muy sacado), narra la esencia del amor casi ridículo que le podemos tener a un juego, a unos colores, a una pasión. Personifica el tema profundo de la película, que es la construcción del sentimiento de lo argentino, una identidad posible.  Y lo hace haciéndonos reír a carcajadas, destacando, como decía Oesterheld, que el héroe no se construye solo, que vale más la gente que lo acompaña. El jugador que se embarra y participa en el equipo. Por algo su selección está compuesta por negros, indios, mujeres, aquellos olvidados del áspero barrio de Embocadura.

¿Qué más se le puede pedir a una película? Que le dé buena vibra a la Selección de hoy, quizás. Que en la vida real haya jugadores capaces de ser recordados así, generadores de un juego colectivo, más que próceres fríos. Todos goleando juntos en el campo de nuestra historia soñada. 

Cinemark Caballito. Village Caballito. Cine Hoyts Abasto. Cine Gaumont.