RECOMENDADOR DE ARTES Y ESPECTÁCULOS

Sandwichería artesanal

Paulín

Por: Amelia Jonte

Cuando se tiene mucho apetito y poco tiempo, este es el lugar que conviene visitar. Sabor máximo y mínimo tiempo de espera: a prueba de porteños.

Siempre que pensaba en el bar Paulín me lo imaginaba en la calle Sarmiento. Es un rectángulo con aspecto de estación de tren, pero de tren londinense. Butaquitas cuadradas de cuero a lo largo de una barra iluminada y comensales que se renuevan constantemente.

Me dijeron que tenía sucursales y decidí conocer la de la calle Rivadavia. Es un local un poco más grande que el original, pero mantiene su misma decoración y su particular geografía larga y angosta.

Cerca del mediodía se llena de una forma crítica y entonces se produce la magia. Los mozos, verdaderos ángeles de manos veloces, atienden, despachan, envuelven, cobran y sonríen sin darle tiempo a nadie de sentirse intranquilo. Verlos es un verdadero espectáculo.

Lo que congrega a la gente son los sándwiches artesanales más ricos, más grandes y más porteños que podamos imaginar. Los hacen en varios estilos y con distintos ingredientes, pero el que preparan en pan francés es glorioso. Recomiendo el de peceto, queso gruyere, tomate, morrón y panceta. Se pueden acompañar con las famosas papas Paulín (fritas en el momento, con crema de verdeo) y son tan enormes que conviene ir con alguien que nos ayude a comerlos. También sirven tartas exquisitas, empanadas y hasta hay plato del día. Mucha gente se lleva su pedido para comerlo en casa.

Aquellos que se dejan caer por la tarde descubren otra faceta del bar. Sirven un buen café y el clima es más distendido. Se puede disfrutar de la decoración, de la boiserie, o de una buena copa de vino, porque disponen de una pequeña bodega.

Dos consejos: disponerse al bullicio y no llevar chicos pequeños. El concepto el Paulín es almorzar rico y al paso. Trabajan con horarios de oficina, pero vale la pena hacerles una visita.

 

 

Rivadavia 888.