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Tango

Ardit

Por: Ana Larravide

“Soy de ese barrio de humilde rango, yo soy el tango sentimental. 
Soy de ese barrio que toma mate, bajo la sombra que da el parral...”

Cantar tangos, en 1940, 50 era algo cotidiano. En las noches, por Corrientes y Esmeralda.. Durante el día: en casa. Se cantaba en el patio, al barrer la vereda, al cocinar, llevar los niños a la escuela, al poner revoque en las paredes, al arreglar un motor, planchar la ropa o mientras se manejaba durante un viaje largo.

 Las letras de los tangos contaban esos episodios que, como fotos sin flash, forman la vida en el álbum de la memoria: la magia del titiritero que los vecinos corrían a mirar en una plaza, el amor pasajero como la luz de un fósforo, la niebla del Riachuelo, las penas y ruegos del barrio… La golondrina que al fin ha de volver. 

Aquellos tangos, al contar la vida de todos contaban la de cada uno. Pintaban la noche de verano de Barracas, daban consuelo, repartían experiencia, aconsejaban no fiarse de los guantes patito ni las polainas. Sobre todo proponían vivir al compás del corazón.

En aquellos años, grandes cantores –Podestá, Castillo, Vargas, Marino, Berón- corrían de un lado al otro en la noche porteña. La llenaban con sus voces que se volvían entrañables... Entraban en los hogares por la radio. Se repetían a diario, como visitas familiares.
Había quienes se identificaban más con uno que con otro. Hasta los desafinados, cantaban. O al menos silbaban (más o menos melodiosamente) y en el chiflido se conocía a quien llegaba.

Sobre todas aquellas voces campeaba la de Gardel. Desde1917 –cuando sorprendió con el primer tango canción- hasta 1935… como la suya no hubo ninguna.   

El tango, la canción de Buenos Aires, fue en aquella primera mitad del siglo pasado, la identidad que unió a los emigrantes llegados con sus nostalgias con los criollos que les enseñaban a tomar mate y abrían a la amistad sus casas y sus patios.

 

Después, en los 60, a la ciudad la invadió el rock. Eso tuvo su sentido (todo lo que sucede lo tiene). Pero implicó que los tangos se cantaron menos en los escenarios, los estudios de grabación y en los hogares.

“Nadie rebaje a lágrima o reproche” –diría Borges- recordar esas vicisitudes. Ni haremos una cronología de cómo amenguó y cómo volvió a crecer, el tango.

Pero festejaremos  -y hoy festejamos especialmente, porque veinte años es mucho que, en ese crecimiento del tango, haya tenido y tenga un lugar tan entrañable la voz de Ariel Ardit.

En estos veinte años El Tasso, Los 36 billares, el gran hall del San Martín, La ideal, Bebop… El Teatro Solís, de Montevideo… El Colón… han sido oportunidades de disfrutar su voz -al mismo tiempo tan cultivada y tan natural- y su personalidad de excepcional simpatía. Se relaciona con su orquesta y con el público con tal cordialidad que salimos de escucharlo sonriendo, tarareando melodías y letras.

Trae Ardit la felicidad de recordar (que es “volver a pasar por el corazón”). Y sentirnos acompañados, en las cosas de la vida, al compás del corazón.

Se presenta todos los sábados de julio repasando temas de sus discos anteriores y otros nuevos,

junto a Andrés Linetzky en piano y arreglos, Ramiro Boero en bandoneón, Pablo Guzmán en contrabajo y Manuel Quiroga en violín. 

Bebop club

Moreno 364 – sábados de julio 21 h